Séptimo Pincelazo: Un cambio familiar necesario






Tanto en Cojimíes como en Bahía donde estaban mis hermanos al cuidado de los familiares, la vida continuaba. En lo económico y lo comercial el desarrollo del negocio iba viento en popa, tanto así que mi papá pudo comprar una finca en la isla frente a Cojimíes, la misma en la que se sembraba y se comercializó coco y banano.  Sin embargo, la señora Dorita, quien era la que realmente tomaba las decisiones fuertes, hizo reflexionar a mi papá sobre el alto coste que estábamos pagando como familia al estar separados. Era prioritario pensar en los hijos, algunos ya en la adolescencia y otros todavía en edades pequeñas. Todos necesitábamos del cariño, el cuidado y la guía de ellos como padres cada día y eso no estaba sucediendo por la distancia.  Sabemos que lo único que no vuelve es el tiempo y nada puede comprar ni reponer esas etapas tan importantes en una persona.

Cojimíes no tenía mucho desarrollo en lo educativo y la formación en general era muy deficiente. La probabilidad de que con el paso del tiempo, los hijos nos estableciésemos ahí con nuestros respectivos hogares y labores, era algo que a mi mamá no le daba tranquilidad ya que ella aspiraba a un futuro mucho mejor para nosotros y para la familia. Siendo honestos, Cojimíes no daba muchas esperanza de mejora en ese sentido, al contrario, no era un lugar para superarse.  

En medio de esta incertidumbre sobre el futuro, conocimos al señor Martínez Beiquia de ascendencia española.  Él era un distribuidor y el representante de la marca de afeitadoras "Persona". Mi papá mantuvo algunas  conversaciones sobre la posibilidad de que él fuese contratado por ellos para llevar la administración de este producto en la ciudad de Guayaquil, en la provincia del Guayas.  Se tomó la decisión y fue así como mi mamá regresó a Bahía junto a mis hermanos.  Mi papá y yo nos dirigimos hacia Guayaquil pero esta vez también viajamos con mi hermano mayor Carlos. Nos tomó más o menos unos dos meses la reagrupación familiar al completo en el nuevo destino. 

Cada cambio era un nuevo comienzo y mis padres desarrollaron en mí la capacidad de adaptación y esfuerzo para que todo fuera lo mejor posible siendo siempre parte de la solución y no del problema.  Hoy agradezco esa fuerza y esa valentía para buscar un futuro mejor como familia y como persona. Esa sabiduría para poner por delante lo prioritario e importante, y dejar ir lo que aparentemente nos daba la estabilidad. 

Estamos ya a finales de 1944 cuando tomamos rumbo hacia Guayaquil, una ciudad mucho más desarrollada que Cojimíes. Es una ciudad portuaria en el Golfo de Guayaquil, el cual es la entrante de agua más grande del Océano Pacífico en Suramérica. Como todo puerto, la economía y el intercambio comercial era bastante grande, y el desarrollo en muchos sentidos era notorio. Con un clima cálido-tropical, aunque en determinados meses el calor la haga parecer el mismo infierno. Estuvimos dos años en este nuevo destino, casi hasta finales del 1946.  Es duro decirlo, pero en esta ciudad con un gran potencial y riqueza, la maldad, la inseguridad, el peligro y la delincuencia  siempre ha obscurecido su historia, aún hasta el día de hoy en el siglo XXI.

Siguiendo con mi historia, fue aquí en Guayaquil donde reanudé mis estudios en el colegio 5 de Junio a mis 14 años de edad. Solo había dos opciones de formación que se ofrecía en ese tiempo:  contabilidad o secretariado.  Esta última profesión esta pensada sólo para las mujeres, así que me apunté en la que quedaba. (eso de llevar falda no era lo mío je, je, je). 

Como he dicho antes, mi papá era contable. Yo admiraba muchas cosas en él: su saber estar, su honestidad, su seriedad con el compromiso y su manera correcta por hacer las cosas. Todo ello  fue de inspiración para que yo decidiera ir por ese mismo camino en lo profesional y seguir sus pasos. Me inscribí entonces para ser contable. 

Mi mamá entró en contacto pronto con personas de la iglesia evangélica y fue gracias a su amistad con el Pastor evangélico Miguel Lecaro Tobar del Templo Alianza de Guayaquil, que conseguí mi primer trabajo en esta ciudad. Yo sabía que necesitaba trabajar para seguir ayudando y aportando en mi familia. El mencionado Pastor, me llevó a la oficina de dos hermanos alemanes de apellido Scharfstein, quienes tenían como administrador de sus negocios a un señor de apellido Obernbrait, alemán también. Yo, un muchacho de 14 años,me presenté a solicitar un puesto de trabajo y fue el señor Obernbrait con quien me entrevistó primero.  Me dijo que la única vacante que tenía era para hacer la limpieza y que, por consiguiente, yo debía entrar una hora antes que todos los demás. Me preguntó si aceptaba esa primera condición, y acepté.  Fue entonces que me citó al siguiente día a las siete de la mañana para darme las instrucciones del puesto.  Llegué puntual a la cita. La puntualidad siempre me la inculcaron mis padres. Era mi primer día de trabajo. El señor Obernbrait me indicó donde estaba el baño y el lugar donde estaban todos los implementos para hacer la limpieza. Tenía todo lo necesario: un balde, jabón, una escoba, un trapeador, una franela y agua para limpiar bien los suelos.  Su última indicación  fue: "hay que comenzar por la limpieza de los escritorios y las mesas ya que todo el polvo irá al suelo y se termina con la limpieza del piso. Hay que barrer y trapear".  Me advirtió que tuviese mucho cuidado de dejar todo lo de los escritorios donde estaba y que no cambiase las cosas de su lugar. Debía tener cuidado en limpiar sin desordenar lo que encontrase. Durante 15 minutos realicé la tarea tal y como se me indicó. El señor Oberbraint se acercó a mí. Me dijo que me quedara quieto. Me dio un abrazo y un beso en la frente y enseguida llamó a una persona quien permanecía oculta cerca del lugar donde estábamos. Esta persona era quien cada día se encargaba de la limpieza.  Yo no entendía nada la verdad, pero él continuó y me dijo:  "Sólo quería saber si te avergonzaba limpiar y hacer esta tarea. Ven, vamos a desayunar juntos y bienvenido. Hoy es tu primer día como mensajero de esta oficina." 

Trabajé para ellos durante los dos años que estuvimos en Guayaquil. Comencé como mensajero pero llegué a ser vendedor. Cuando cambiamos de ciudad, recuerdo que entre mis cosas importantes, llevé cinco cartas de recomendación de jefes alemanes para mis siguientes trabajos. 

Los dos años de permanencia en Guayaquil nos sirvió a todos para consolidarnos tanto en lo familiar como en lo laboral. Aprendí mucho sobre el puesto y también a relacionarme con más gente. Fue una etapa de superación. Aproveché los estudios y gané mis primeros sueldos. Me hacía muy feliz poder aportar en mi casa y darle a mi mamá la totalidad de mi sueldo cada mes para que ella lo utilizara como viese conveniente. Ella me daba una parte para mis gastos diarios que en realidad eran muy pocos.  También fue bueno volver a pasar tiempo en familia y crecer junto con mis hermanos.  Volvimos a ser los Rodríguez Coll al completo. 

Próxima parada:  Quito. 

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Comentarios

  1. Que bueno tío que esté de vuelta con los pincelazos. Como siempre muy entretenido. Abrazos, Jorge Marcos.

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  2. Muy interesante tus vivencias por la Perla del Pacifico, el señor Miguel Lecaro Tobar(.+) es suegro de una buena amiga de mi hija.el hijo se llama Alejandro.y es uno de los dueños de Ecuandina.de los sombreros de paja toquilla....un fuerte abrazo Rita Alava

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  3. Como siempre me encantó este relato . Gracias primo por alegrarnos con tus historias , tienes una forma tan bonita de contarlas . Dios te bendiga mi querido Pinocho . Tú admiradora de siempre , tu prima Conchi desde nuestra hermosa Bahia de Caráquez

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  4. "Cada cambio era un nuevo comienzo y mis padres desarrollaron en mí la capacidad de adaptación y esfuerzo para que todo fuera lo mejor posible siendo siempre parte de la solución y no del problema".... Esta parte del texto describe quién ha sido usted. Todos quienes tuvimos el privilegio de estar a su lado sabemos que esta descripción se apega a la persona que usted ha sido siempre. Por favor no pare de escribir. Quedo a la espera de la próxima entrega. Lo quiero mucho.

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  5. Tío querido, lindas historias contadas de una manera que podemos sentir el cariño de la familia y claro el recuerdo de años en los que compartimos y aprendimos mucho de usted. Un abrazo gigante.

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  6. Hola cuñado,
    Sigo disfrutando de sus pincelazos muy interesantes.
    Sé cuánto ha valorado siempre a su familia y ese compromiso de contribuir con su trabajo y compartir con los suyos los beneficios de ese esfuerzo, es algo muy propio de usted.
    Un abrazo, Susana.

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  7. Me encanta esta historia, por la valiosa prueba que supero con gran humildad y determinación! Me impresiona su memoria, los detalles y los nombres de cada persona que han significado algo importante en los pincelazos humanos que nos narra. Un fuerte abrazo señor Rodriguez! Mi cariño y respeto siempre.

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  8. Hermosos los recuerdos que traes sobre Cojimíes y Guayaquil y nuestros inicios en la gran ciudad. Yo en lo personal traigo a mi memoria el almacén "La Gran Ferretera" que aún existe en donde trabajé como Mensajero. Estaré expectante de lo que continúa en la ciudad de Quito. Felicitaciones una vez más Hermano

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