Décimo Cuarto: ¡Vivan los novios!. Sábado 10 de Julio de 1964

 




Por petición de uno de mis fieles seguidores y lectores, nuestro querido Jorge Marcos, iniciaré mi relato de hoy contando la pedida de mano a mis suegros Don Jorge Jara y Doña Herlinda Alcívar. Si bien es cierto que Laura y yo nos conocimos de manera casual en la pensión de estudiantes en Quito, nuestros padres habían coincidido más de una vez en el pasado por haber vivido en la misma ciudad y por los negocios que regentaron cada una de las familias. Mi papá, cuando se enteró de todo el plan de boda, me felicitó y me dijo que Laura era la hija de un gran amigo suyo y que estaba feliz. Me felicitaba por la elección ya que se trataba de una familia muy buena y con valores. La familia Jara-Alcívar fue muy querida por donde iba. Don Jorge era un hombre muy alto, muy sociable y trabajador. Siempre rodeado de amigos. Doña Herlinda era una mujer de estatura pequeña, más bien tímida y cocinaba riquísimo. Con el tiempo, Don Jorge se convirtió en un gran amigo y doña Herlinda me cogió mucho cariño, como yo a ella: ambos destilaban bondad. 

La pedida oficial se realizó en Bahía de Caráquez, donde por razones de trabajo de Don Jorge, se habían trasladado. Siempre me ha gustado ir de frente ante toda situación y la ocasión ameritaba una reunión en persona. Iba a pedir a mi futura esposa. Acordamos un encuentro en la casa de sus padres. Me presenté en la casa de la familia Jara-Alcívar con mi hermano Eduardo como testigo y en representación de los míos. También nos acompañaron en esta petición de mano Don Sucre Mieles y el señor Silvio Barberán. Tras la pedida formal, comimos riquísimo, brindamos juntos y se selló el compromiso. Mis futuros suegros me recibieron con mucho cariño y fue evidente que me confiaban a su hija para quererla y cuidarla. El plan inicial era casarnos a finales de 1963 pero como relaté en el capítulo anterior, el accidente nos obligó a postergar todo para el siguiente año. 

Nos casamos el viernes 10 de julio de 1964 en Portoviejo, en la provincia de Manabí. Yo viajaría desde Quito el viernes para el matrimonio civil y la celebración del eclesiástico al día siguiente. En Ecuador por mucho tiempo ambos procedimientos, tanto el civil como el eclesiástico, eran obligatorios ya que lo que se estilaba era pasar por la iglesia siempre. Aquí había un factor importante que se debía tomar en cuenta, y es que la familia de Laura es católica (ella también lo era en ese tiempo) y yo venía de un hogar evangélico por mi mamá, quien siempre fue practicante de su fe. Laura tenía la prioridad al respecto sobre qué tipo de unión se realizaría. Yo les dejé claro que por mi parte no tenía ningún inconveniente en hacerlo a lo católico, y que si los curas estaban de acuerdo, yo haría lo que me dijeran al respecto. (A mi mamá esta idea no le hacía muy feliz, pero como era yo el que se casaba, no le quedó otra que aceptar). 

El cura escogido para celebrar el matrimonio fue el padre Suasnabas, quien dejó muy claro que había una condición obligatoria para ambos y era que debíamos confesarnos antes de casarnos. Yo nunca me había confesado y menos con alguien, y eso me mosqueó un poco. Mi respuesta inicial fue un «no» rotundo. Don Jorge habló con el arzobispo del lugar e intercedió con el cura asignado para que la boda se celebrara. Debíamos presentarnos Laura y yo ante el padre Suasnabas quien dijo que este era un matrimonio mixto, a lo que yo, ya con disgusto e ironía, le dije: «Efectivamente, somos un hombre y una mujer». La mirada del cura fue fulminante. Si las miradas mataran ustedes estarían leyendo las historias de un cadáver. Yo seguí aguantando el discurso. Enseguida me preguntó que si yo había renegado de la religión católica, a lo que respondí diciéndole: «¡Cómo puedo renegar de algo donde nunca estuve!». Mi pobre Laura estaba cada vez más nerviosa, pero al final llegamos a un acuerdo con él. Le dije que yo ni había robado ni había matado a nadie y que del resto de cosas de todo un poco, que sacara el total y me pasara la cuenta. No le quedó otra que aceptar que nos íbamos a casar sí o sí y que lo mejor era dejar a la pareja seguir con su plan. ¡Y nos casó! 

El matrimonio civil fue también una odisea ya que la ley dice que el matrimonio debía realizarse 72 horas antes del eclesiástico y ese detalle se nos había pasado. Fui a buscar a un amigo abogado y un gran exjugador de fútbol, mi amigo Orlando Ponce, quien me recomendó que nos casáramos en el pueblito de Picoazá, porque el teniente político era su amigo y nos pondría la fecha que fuese necesaria, previo darle algún cariñito económico. Es triste reconocerlo, pero así funcionaban muchas cosas importantes que pasaban a ser urgentes. Los novios, los testigos y los añadidos nos trasladamos hasta esa tenencia política y al decirles que nos queríamos casar, un dedo apuntó hacia un papel en la pared con los requisitos que eran los mismos que ya sabíamos. Don Jorge, sin ningún pudor ni rubor, sacó un billete de 50 sucres y se lo puso en el bolsillo al secretario quien inmediatamente nos indicó que el teniente político estaba ahí y al que le dijo: «Esta pareja cumple con los requisitos, jefe». 

La secuencia en el registro fue como para película cómica. Se presentó la documentación de los novios y los tres testigos de cada uno. Sin hacer una verdadera comprobación de las cédulas de identidad de cada persona ahí presente, se registraron los datos que cambiaban cuando pedían repetir los números personales. Nadie realmente verificaba ni los números ni los nombres respectivos. Al momento de las firmas, a una de las testigos se le quedó el zapato atrapado en el piso de madera, y como había prisa por salir de ahí tuvo que ir hasta la parte de adelante sin zapato y patojeando para firmar. Los varones presentes también hicieron su parte: se bajaron el nudo de la corbata en señal de protesta por la testigo sin zapato y, entre risas contenidas, discurso de la autoridad y el nerviosismo de los novios, se firmó todo y así concluyó el trámite. La verdad, ¡fue de risa! pero, aquí estamos, casados, (al menos eso creemos). Los que estuvimos ahí recordamos a mi mamá, quien estaba guapísima con su mejor vestido sentada encima de una piedra esperando que todo terminara: La española de ojos azul intenso, estaba ahí, casando a su hijo, pero también a su niño, al que siempre fue su respaldo, su amigo y su apoyo incondicional. 

Hoy también les quiero compartir una broma que nos acompañó a mi suegro y a mí siempre. Pasado tiempo después de la boda, sentados como amigos y disfrutando de alguna tarde de descanso, le dije: 
— «Don Jorge, si algún día usted y yo dejamos de ser y tratarnos como amigos, y la relación se convierte en una relación de suegro-yerno, sepa usted que siempre tendré la opción de devolverle a su niña y contaré todos los inconvenientes, irregularidades e incidencias de la boda». 
Él siempre soltaba una sonora risa y con su característica voz grave me daba un abrazo y me decía: 
-«Comprendido "Corsio"». (Por mi segundo nombre, que es Corsino, y al que a veces le añadía un "Milte-Corsio"). 
En mi corazón y en el recuerdo, mis suegros siempre tendrán un lugar muy especial porque me trataban como a un hijo. Los respeté y los quise mucho a ambos. 

En mis historias nunca puede faltar el toque de humor y el futbolístico. En esa época había un entrenador argentino de apellido Pasternoster: Fernando Pasternoster, del Emelec de Guayaquil. En este equipo jugaban también Raffo, Raimondi, y Balseca. En el momento de la ceremonia, en pleno matrimonio, el cura, en su sermón, dijo en latín: Pater Noster (que significa Padre Nuestro). Laura y yo estábamos en el altar frente al cura cogidos de la mano y con las cabezas agachadas para recibir la bendición. Cuando él dijo Pater Noster, le dije a Laura al oído: Verás no más como Raffo, Raimondi y Balseca también vienen hoy. Laura empezó a reírse por lo bajo y a temblar mientras intentaba contener la risa. La gente, que sólo veía nuestras espaldas, miraba el temblor de ella y se decían unos a otros: «¡Qué emocionada está Laurita, como llora!». 

Salimos de la iglesia en dirección a la fiesta de celebración en la casa de la novia. Tuvimos unos treinta invitados, también hubo brindis por los novios, una comida sencilla, mucho baile y alegría. Fue una boda humilde porque la economía era más bien escasa. Cerca de las dos de la madrugada salimos Laura y yo en dirección a Guayaquil, desde Portoviejo. El vehículo de transporte de los novios fue una camioneta perteneciente a Miguel Buenaventura y a Fernando Peñaherrera, quienes tenían un negocio de transporte de camarones para exportación. (Hoy quiero hacer un pequeño homenaje y recuerdo a mi querido amigo y cuñado Fernando Peñaherrera, quien falleció hace unas semanas atrás en Guayaquil, a sus 89 años de edad). 

Desde Bahía hasta Guayaquil. 

Continúo con mi relato: éramos cuatro en la cabina de la camioneta: Milton, de conductor; Laura, la novia, junto a su flamante marido, y los dos dueños del camión Miguel y Fernando (al chofer del mencionado camión se le pagó un billete en bus hasta Guayaquil). Tan estrecho era el espacio que casi íbamos uno encima del otro. Laura viajó más de cuatro horas con su brazo izquierdo abrazándome por el cuello y la espalda: besé su mano izquierda más de cinco mil veces, creo yo, hasta llegar a nuestro destino. El camión iba cargado de mercancía (camarones congelados), y como estábamos en la zona de costa, con un vehículo no adaptado para este tipo de transporte (como se hace ahora por el tema de la cadena de frío), empezó a descongelarse y a desprender el olor característico del producto. Llegamos a Guayaquil pasadas las seis y media de la mañana, cuando salieron todos a despedir a los novios la ocurrencia tenía que hacerse presente: Nos pusieron el calificativo de los "novios hediondos", cosa que hasta hoy hace reír a muchos que estuvieron ahí y conocen la historia. 

Nuestro comienzo como pareja fue sencillo. Yo había buscado ya un lugar para vivir y como he indicado antes, la economía sólo permitió asegurarme de que teníamos lo realmente básico. No hubo viaje de novios, aunque la Kola Gallito me había concedido los tres días de permiso reglamentario. Fueron tres días en los que me di el placer de llevar a mi esposa a conocer sitios bonitos de Guayaquil que ella no conocía, y pasamos juntos tres días completos. Al cuarto día, aterrizamos en la realidad de volver al trabajo y ella a ejercer sus funciones de ama de casa. Todo lo demás queda para la pura imaginación. Aquí empieza la historia de los Rodríguez-Jara. 



(Estamos a finales del verano del 2024.  La secretaria ya me ha adelantado que la próxima semana debe volver a su trabajo de jornada completa por lo que los siguientes pincelazos irán saliendo conforme podamos a causa de sus ocupaciones y mis momentos de relativa calma por mi parkinson. Todavía hay mucho que contar y compartir con ustedes. Espero me puedan seguir con el mismo cariño e interés como hasta ahora.  Yo seguiré contando historias reales que me hacen agradecer lo afortunado que he sido toda mi vida la mayor parte del tiempo. Recuerde dejar su comentario en este mismo blog para que quede registrado y mi papi le pueda agradecer directamente).

Comentarios

  1. Como siempre, interesante, muy interesante historia con ese tono personal que hace que no puedas parar de leer. Además en esta ocasión tiene tres golpes cómicos realmente buenos. Enhorabuena a todo el equipo redactor.
    Enrique Ortiz (senior)

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    1. Siempre gracias Enrique por tus bondades. Efectivamente es un trabajo en equipo que aprovechamos los tiempos buenos. Está siendo muy grato recordar y revivir esos días con muchos que nos acompañaron. Gracias amigo. MILTON.

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  2. Hola querido tío, le cuento que soy fanático de sus pincelazos, pero el de hoy fue muy especial por el homenaje a mi querido padre. Un fuerte abrazo a la distancia.
    Patricio

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    1. Aunque lo tengo en borrador, haré un relato que se llamará: éramos tres. Pienso en Fernando y en Manuel. La vida siempre nos da cosas lindas, aunque también hasy momentos duros y feos que atravesar. Gracias sobrino Patricio.

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  3. Muchas gracias, tío, por contarnos la historia de la pedida de mano. Este pincelazo, como todos, está lleno de historias y anécdotas graciosas y muy interesantes. Como dirían los rioplatenses, hecho toda la carne al asador. El corolario es esta gran historia de amor que ya lleva 60 años. Además del notorio y sempiterno afecto entre usted y sus queridos suegros, y también con el Papinando.
    Abrazos, Jorge Marcos.

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    1. Mi querido Jorge Marcos, el dicho popular dice: el que dice la verdad, no miente. Sabía que usted recibiría con más atención este relato. Sus abuelitos siempre fueron especiales y queridos por mi. Tío Milton

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  4. Vaya historia de la boda mi querido Milton! Para hacer una película que hubiera sido todo un éxito. Gracias por compartirnos estos relatos con tanta "chispa", y que nos acercan más a tu persona humana, a tus sentimientos y a tu corazón. Un fuerte abrazo para ti y tú Laura. José Luis Briones

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    1. Amigo Jose Luis, tu elegante contestación nos pone a Laura y a mí a entender tu mensaje porque se ve tu estilo diferente. Con tanto que he hecho en la vida como bien sabes, estas son experiencias que uno va añadiendo, pero sobretodo se aprende. Un fuerte abrazo, Milton.

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  5. Me habia perdido de leer algunos pincelazos..Me fascinan tus recuerdos..un fuerte abrazo querido Milton..Rita Alava Menendezw

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  6. Si visitas este blog quiere decir que cuento contigo ya que tu y tu familia han caminado junto a mi. Tu eres parte de esos entrañables recuerdos. Rita, cuento contigo. Besos, Milton.

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  7. Que linda historia de amor mi querido primo Milton , un año después yo me casé y mis hijos son contemporáneos con los vuestros aunque Uds tuvieron uno más . Tengo una anécdota de Uds contada por mi prima Ligia y cada ves que la recuerdo me hace reír . Un abrazo y seguiré esperando el próximo capítulo

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    1. Asumo que estas afectuosas palabras son de mi prima Conchi. Por favor, cuéntanos a nosotros y a mis seguidores la anécdota. Será un placer saberla. Un beso, Milton

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