Vigésimo: Decisiones y futuro familiar

 

La playa de Crucita: una tarde con los primos

Son tantas historias y recuerdos que vienen a mi memoria, que se que es muy difícil recopilar todo en este blog.   Cuando me pongo a recordar todo es importante, todo ha dejado alguna huella y algún sabor, la mayor parte de veces dulce pero también hay alguno que otro amargo o al menos no tan dulce.

Lo que si tengo siempre en mis relatos, es que mi corazón se acelera y mi mente todavía me transporta a esos años de juventud y adultez, llenos de energía, ocurrencias y libertad de movimiento.   Hoy a mis 94 años, y con un cuerpo desgastado, sólo me queda agradecer por cada cosa vivida. 

Ya instalados nuevamente en Quito y todavía como empleado de Super-S, hemos llegado al año 1972.  A la tropa Rodríguez-Jara se han sumado ya Roberto, Laury y Marty.  En este año, el 31 de julio mi querido papá, Don Milton Rodríguez Rivero, falleció en Bahía de Caráquez a consecuencia de un derrame cerebral que no pudo superar. Ese día recibimos la noticia de que había entrado en coma y que la situación era de mucha gravedad. Al enterarme organicé enseguida todo para conducir por la coordillera hasta Bahía. Eran 6 largas horas de viaje por una carretera de dos carriles y muy peligrosa. Con muchos precipicios y quebradas.  Convenimos con mi hermana Teresa, a la que llamábamos con cariño Titita, que iríamos juntos. El viaje iba sin novedad hasta que de pronto, sin razón ninguna, el Volswagen rojo se apagó y se detuvo.  Intenté buscar la razón del fallo y a los pocos minutos apareció mi hermano Richard, quien también había decidido venir hasta Bahía. No teníamos muchas opciones y no encontrábamos ningún problema técnico.   Ahí estábamos los tres tratando de llegar junto a nuestros padres para ayudar, para vernos una vez más, para abrazarnos.  Luego, sin razón ninguna, de pronto el motor volvió a funcionar y continuamos el camino.  Al llegar, nuestro amado papá había fallecido.  Parece ser que cuando tuvimos el fallo técnico, justo en el mismo momento, mi papi había dado su último suspiro. Extraña coincidencia.

Encontramos a nuestra mamá, la señor Dorita, muy triste y apagada. Se había ido para siempre su compañero de vida.  Los siguientes meses de duelo, mi mamá pasaba más en el cementerio que en la casa y eso nos preocupó mucho a los hijos.  Sabíamos que debíamos hacer algo para ayudarla a levantarse de este golpe y aliviar su dolor.  No vivíamos cerca, así que planificamos invitarla a pasar varias semanas en Quito y le ofrecimos organizamos para que ella pudiese pasar pequeñas temporadas en la casa de cada uno de sus hijos y así estuviese acompañada y apoyada por la familia.  Sin embargo, la oferta no fue bien recibida por su parte ya que ella no quería estar de un lugar a otro y de casa en casa.  En esta reunión familiar le dije: "Con Laura vamos a instalar un negocio, ¿vendría usted para ayudarnos?".    Su respuesta fue categórica:  "Eso es otra cosa, ahí sí, cuenten conmigo".  Había logrado que aceptara quedarse en Quito.  

La pregunta de todos los presentes fue la misma: ¿qué tipo de negocio sería?, a lo que respondí que no podía dar más detalles y que cuando tuviese todo listo, les daría más información.  La primera sorprendida fue Laura y sus miradas ya las había aprendido a interpretar.  Solos ya de camino a nuestra casa, ella me volvió a preguntar y le dije que no tenía ni idea que tipo de negocio pondríamos, pero había que empezar a buscar un local.  El resto del trayecto fue de silencio y expectativa.  Hoy agradezco una vez más a Dios por la mujer que estaba a mi lado, quien ante estos giros inesperados, siempre ha decidido seguir a mi lado con confianza, aunque no entendiera lo que sucedía.  También la noté brava, pero su amor siempre ha sido mayor a los problemas que hemos enfrentado. Siempre ha confiado en mí y yo en ella. 

Fueron noches y días de poner a funcionar "la pensadora".  Mi cabeza no paraba de buscar lo mejor en esta situación. A los pocos días del aviso oficial, fui a donde un buen amigo que distribuía hornos de pan y le pregunté sobre la posibilidad de obtener uno bajo crédito. No sólo me dijo que sí, sino que con toda la generosidad del caso, me ayudó a conseguir una línea de crédito en el Banco de Fomento y cerramos la operación comercial a los pocos días.  A pie de calle y siempre con los ojos muy atentos, mi mamá, Laura y yo buscamos un local para abrir una panadería. Cuando lo encontramos, inauguramos de manera muy sencilla y nos pusimos a trabajar.  Se contrató a un maestro panadero y acordamos que el local se abriría todos los días y tendríamos a Laura y a mi mamá como supervisoras y yo iría por  ahí fuera de mis horarios de trabajo con la empresa, para ayudar en lo que se necesitase. Esto era ya al caer la tarde y comienzo de la noche.  Era un local amplio que nos permitía tener unas estanterías para el pan y hasta se pudo poner cuatro mesas por si alguien quería tomarse un café en el local.  La panadería, con esas mesas, también a momentos era una cafetería.  Como Laura y mi mamá pasaban todo el día en el local, ellas decidieron que para no tener que ir y volver hasta la casa a medio día, ellas cocinarían algo cada día en el mismo local para su almuerzo. Creo que lo he dicho antes, pero ambas tenían una sazón espectacular.  Un día, llegaron dos obreros al local y preguntaron si se les podía vender un almuerzo. Doña Dorita no dudó ni un momento y les vendió el primer almuerzo de la panadería. Ni Laura ni mi mamá me comentaron nada, porque ¡para qué preocupar a Milton!.  Fue así como estos primeros comensales llegaron y se fueron sumando algunos más. Uno de estos días, llegué a medio día por el local y me encontré a "dos almas cándidas" comiendo una carne apanada (rebozada dicen los españoles), con su arroz bien graneado, su ensalada, su menestra y su huevito frito encima.  Más de uno se pegó un susto, comenzando por las "doñitas" que no me esperaban.  La verdad es que me tomó por sorpresa todo esto y me disgusté mucho.  Me acerqué a Laura y le pregunté que de qué se trataba todo esto, y ella solo me respondió: Pregúntale a tu mamá, quien con un mirada fija y directa de esos preciosos ojos azules, las cejas bien marcadas y un tono de voz firme me dijo: Aquí se va a vender también almuerzos.  Todo sea dicho,  los primeros meses de la idea inicial como panadería, no fueron como esperábamos y no había una ganancia real. Todo era pérdida. Aún cuando Laura había conseguido algunos clientes a los que se les llevaba el producto para que lo vendiesen en sus locales, no era suficiente para considerar rentable el esfuerzo.  No fue hasta que se empezaron a vender estos platos de comida a la hora de la comida que el negocio empezó a tomar fuerza.   El día en que descubrí lo que sucedía a medio día, y con la respuesta categórica de mi mamá, les dije que OK, que íbamos para adelante con este servicio de comida pero que lo haríamos de otra manera.  No venderíamos cualquier plato de comida, sino que venderíamos comida manabita de calidad y que yo me encargaría todas las madrugadas de ir a buscar el mejor producto para el negocio en marcha.  Fue así como dimos los primeros pasos con el Restaurante El Padrino, el primer restaurante de comida manabita en la capital que tuvo un éxito rotundo.  La panadería pasó a la historia y nos convertimos en uno de los restaurantes más conocidos y mejores valorados de la ciudad. Trabajábamos todos los días, incluidos los fines de semana.  Prosperamos mucho y cada día había muchísimo trabajo.  La gente hacía fila para entrar y casi nunca nos quedó comida de un día para el otro. Al contrario, más de un día nos faltaba comida para atender a todos. 

El haber puesto a la venta comida típica manabita de la costa en la sierra fue un acierto gigante. El pescado frito, con sus patacones, su menestra de verde, el arroz blanco, empanadas de verde, viche, cebiche con canguil, sin olvidar esa salsa de ají picante con tomate de árbol y otras exquisiteces manabas nos permitieron tener un negocio propio durante ocho años en los que aprendimos a trabajar en equipo, luchar hasta el agotamiento, pero también disfrutar del resultado de un trabajo honesto y esforzado.  El restaurante fue también una plataforma importante para conocer a todo tipo de personas, fortalecer la amistades, hacer nuevos amigos y relaciones deportivas, políticas y sociales.  

El ingreso económico nos permitió mejorar nuestra casa, comprarme un Alfa Romeo rojo y un austin rojo para Laura quien aprendió a manejar, sacar su licencia de conducir y así tener mucha más libertad de movimiento.  Los hijos seguían creciendo y la verdad es que aunque el negocio nos ayudó a prosperar en lo económico, también tuvimos que poner las prioridades en orden y el cuidado de nuestros pequeños hijos fue sin lugar a dudas, la razón para adaptar lo mejor posible nuestros horarios para no perdernos estas primeras etapas de desarrollo, educación y crecimiento físico, emocional y espiritual. La crianza de los hijos es responsabilidad de los padres, y si descuidamos las etapas claves, esa factura se paga más adelante y es muy dolorosa.   

El Padrino duró ocho años y fue el comienzo de una etapa diferente en nuestra historia.  Estos años tuvimos el gusto de poder recibir en nuestra casa a los cuñados, cuñadas, sobrinos, primos y amigos más cercanos.   La familia nuclear es importante, pero también lo es la familia extendida y una familia grande como la nuestra tanto del lado de los Rodríguez Coll como del lado de los Jara Alcívar, podemos decir que tejimos lazos irrompibles y fuertes que nos mantienen unidos hasta hoy aún a la distancia.  La economía nos permitió ejercitar la generosidad y en nuestra casa siempre había espacio para uno más y gracias a Dios, nunca le faltó un plato de comida a ninguno. Compartimos mucho entre todos. 

Cuando hablamos sobre ese tiempo con Laura y mis hijos, siempre nos queda la satisfacción, y lo digo con humildad, de que esta familia, los Rodríguez Jara, hemos contado siempre con la bendición de Dios y es Él ese factor que ha hecho la diferencia tanto en reacciones como en las decisiones.  Ahora estamos en España, y cuando recibimos palabras de agradecimiento, palabras tiernas y generosas por parte de aquellas personas que pasaron por nuestra casa, reconfirmamos que no lo hicimos tan mal y que cualquier error o fallo siempre fue borrado por esos corazones generosos y agradecidos de tantas personas que nos quieren y a las que queremos. Cada persona que pasó por nuestra casa, es parte de la historia de esta familia. Se dejó un legado que esperamos sirva de ejemplo para la nueva generación, no sólo por la historia sino principalmente por el ejemplo, que es como mejor se enseña y se aprende. 

(Sentimos mucho este capítulo largo, y el acelerón que estamos dando en los tiempos, pero queremos llegar hasta el 2025 porque hay todavía mucha historia que contar.  Ojalá no los estemos aburriendo. Laury) 




Comentarios

  1. Lindo relato, tio. No conocí El Padrino, pero escuché mucho en mi niñez sobre lo espectacular de la comida. En un par de viajes a Quito conocí a la señora Dorita, y me la imaginé diciendo con firmeza “De aquí en adelante se van a vender almuerzos”. Ante eso, no había cuestionamiento que valga, jajaja. Abrazo, y gracias por acariciarnos el alma con estos relatos familiares tan hermosos. Abrazo, Jorge Marcos

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  2. Gracias por compartir tan hermosas vivencias. Es de gran bendición.

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  3. Linda historia, gracias por compartirlo.

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  4. Conocí de cerca esta etapa de vuestra vida y puedo dar fé, como siempre, de vuestra entrega, tesón, sentido de responsabilidad, y profunda dedicación al trabajo.
    Milton y Laura fueron un equipo incansable, cuyo arduo trabajo, dió sus frutos y les brindó muchas satisfacciones!
    Un abrazo cuñado. Susana

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  5. Gracias primo por tan lindo relato , me transporto a aquella época sobre todo recordar la dolorosa muerte de mi querido tío Milton . Un abrazo . Dios te siga bendiciendo. Con cariño tu prima y admiradora Conchi

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  6. Maravilloso matrimonio, ejemplo de bondad y esfuerzo.

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  7. Aunque no se identifica con un nombre, agradezco a la persona que dejó este comentario tan cariñoso. Milton.

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  8. Siempre me han llamado la atención los espíritus emprendedores. Y esta familia claramente lleva el emprendimiento en su ADN. He podido conocer algo de los desarrollos profesionales de los padres y de los hijos de los Rodriguez Jara, y saben salir adelante en cualquier circunstancia. Me quito el sombrero.

    Y una duda que me queda: ¿ el nombre del restaurante tiene que ver con el estreno de El Padrino ese mismo año 1972?

    Un abrazo

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